sábado, 19 de agosto de 2017

CARTA DE AMOR



Me gusta saber que aún vivo en tu memoria, hace que me sienta bonita de nuevo, sonriente, juguetona, suave y feliz. Me reconcilia con el mundo, me ilumina por dentro y vuelvo a sentir esa gratitud cantarina  que me habitaba cuando eras parte de mi vida.

Dicen que los grandes amores son eternos, y debe ser verdad, porque yo también siento que aún vive dentro de mí el mismo sentimiento que me inspirabas. No está menos resplandeciente ni más ajado, está intacto, igual de precioso, idéntico a como era y a como sé que será cuando pasen más meses y más años.

Las circunstancias nunca estuvieron de nuestro lado y sin embargo tuvimos la suficiente sabiduría para amarnos de aquella manera inesperada, improvisada y sin promesas que nos permitió ser parte uno del otro durante el tiempo aquel que duró lo que tal vez nunca debería haber empezado.

Recuerdo el primer beso, y sin embargo no recuerdo el último, recuerdo tu olor y el tacto de tu pelo, tu sonrisa, tu altura y el color de tus ojos, pero olvidé otras cosas menos importantes como lo último que hablamos, que ropa llevabas o que día era.

Dicen que los grandes amores son para siempre, y pase lo que pase siguen vivos mientras estemos vivos nosotros y debe ser verdad. No recuerdo haberte dicho nunca que te quiero, al menos no con palabras aunque sé que mis ojos te lo gritaron más de una vez y mi piel te lo demostraba cada vez que la tocabas, sin embargo, recuerdo una vez, en mi patio, en que casi te lo dije y antes de que terminara de abrir la boca me pusiste un dedo en los labios para que no lo hiciera. 

Los dos fingimos no notar mis lágrimas cuando me dijiste que no me enamorara, que no eras bueno y yo, que no tuve el valor de decirte que ya era tarde, me he preguntado muchas veces, que habría pasado si ese día te lo hubiera dicho en vez de hacerte caso. Me gustaría saber que habría pasado si en vez de llorar te hubiera dicho que ya te quería.

Dicen que los grandes amores son imborrables y el mío por ti, hubiera merecido pasar a la posteridad con un "te quiero" al menos. Un "te amo" chiquito, de esos que casi no se oyen pero impregnan el alma con su eco para poder oírlos el día de mañana, y que nos calienten cuando la soledad nos haga sentir el frío maldito de la ausencia.

Dicen tantas cosas de los grandes amores... y ninguna se parece a las que digo yo cuando tu nombre se acerca a mis labios y me quedo con ganas de dejarlo salir, para saborearlo una vez más como lo hacía antes de besarte.

No entiendo mucho de grandes amores, pero sé que te quiero como siempre te quise. No sé si mi amor es grande como deben ser los grandes amores esos tan comentados. Dicen que son infinitos, perpetuos, perennes como las hojas imbatibles, el mío, tal vez no llegue a tanto, pero me gusta saber que aún me recuerdas y que me lo digas, me hace sentir de nuevo ganas de agradecer por haber sabido amarte cuando lo pude hacer.

No sé si lo bastante, o si lo necesario, pero te amé y te amo como lo puedo hacer, a mi manera, sin alardes ni gritos, sin cobranzas ni celos, sin decir que te quiero pero sabiendo que sabes que lo hago y sé que tú también.


Isabel Salas






domingo, 13 de agosto de 2017

ES LEGAL SER INMORAL


Ya no hay Tierra Libre, no quedan islas desiertas ni Oestes salvajes.

Ni un sólo rincón se salvó de ser invadido por la mediocridad burocrática y pegajosa de los Servicios Sociales. El manto gris de las leyes absurdas nacidas de las mentes dogmáticas de nuestros amados políticos, cubre toda la tierra.

Es legal que el violador de mujeres se case con su víctima para evitar la cárcel, y también lo es que maten a pedradas a la adúltera. Es legal que una psicóloga vengativa y estéril le arranque el bebé de los brazos a una madre desempleada para entregarlo a una familia de acogida. Está dentro de la ley que una mujer maltratada durante años, se arrepienta de haberse separado cuando constate que sus hijos deberán convivir con su verdugo lejos de su amparo, pues la ley ha decidido que nada impide a un marido golpeador o insultador ser un excelente padre, y la ley nunca se equivoca.

Es completamente legal que los jueces entreguen niños violados a sus violadores para curarlos del falso síndrome que inventó un pedófilo llamado Richard Gardner hace unos años en EEUU, un médico sin escrúpulos, secundado por psicólogos inmorales, que se enriquecieron y se siguen enriqueciendo vendiendo niños a sus torturadores mientras etiquetan a sus madres de locas por denunciar los abusos.

Es legal y eso no quiere decir que sea moral, simplemente que es legal, como lo son y lo fueron tantas cosas.

Aconsejan a la mujer a denunciar los malos tratos, y cuando lo hace le quitan sus hijos por hablar mal del hombre que les arruinó la vida a ella y a sus niños, acusada de alienación parental, y si no lo hace se los llevan los servicios sociales acusándola de cómplice.

Mi conclusión es que así como lo cortés no quita lo valiente, lo legal no quita lo inmoral y echo en falta un pedacito de Tierra Pura, libre de esta locura, un pedacito dónde empezar de cero sin tener que luchar con mis fuerzas de hormiguita contra este Goliat perverso y cruel que se llama sistema, como podía llamarse infierno o manicomio.

Isabel Salas

domingo, 6 de agosto de 2017

VIVO


HOME


Hace tiempo que no voy dónde quiero, sino donde tengo que ir. 

Las circunstancias y las venganzas de un cierto indeseable, así lo ordenan, y yo, que detesto mentir, le pongo al mal destino buena cara y le sonrío, me sonrío, nos sonreímos y nos concentramos para juntos, conjugar el verbo sonreír desde todos los ángulos imposibles y en todas las direcciones posibles.

Por dentro, sin embargo, pienso que las circunstancias son unas perras malditas sin sentido del humor y que no merecen ese esfuerzo, la única persona que lo merece es la dueña de la manita que se entrelaza con la mía para cruzar las grandes avenidas mientras nos dirigimos, sin ganas, a esos destinos indeseados.

Recuerdo otros momentos, cuando yo decidía en qué cama dormir, en qué tren subir y dónde bajar. Sin horarios, sin explicaciones, sin prisa, sin nadie esperando en casa, sin teléfono celular, sin ruedas en las maletas, sin internet, sin reptilianos, sin vídeos de gatos ni gafas de cerca ni  hijos.

Eran otros tiempos, otras circunstancias, otros cielos, otros zapatos.Todo era otro, hasta yo misma era otra.

Hoy en día, cuando mí teléfono me pregunta dónde quiero ir, y mi red social se interesa por lo que estoy pensando, me quedo analizando en como han cambiado las cosas y en lo absurdas que parecen a veces,  cuando la pregunta más cariñosa del día te la hace el programador de una aplicación a quien nunca verás y la más absurda, una psicóloga que no te conoce de nada y a quien le importas menos aún, y que ni intenta poner cara de inteligente para esconder el tedio que le producen tus respuestas.

Me vienen a la cabeza una lista de interminable de lugares a los que no deseo ir y a los que somos arrastradas mis hijas y yo por las circunstancias y sólo se me ocurre uno a donde sí me gustaría ir: "a casa".

Y no esa casa de tejas y ladrillos situada en la calle tal número cual, sino a la casa esa que los ingleses llaman home y que yo identifico con ese estado de espíritu que te invade cuando te levantas sin miedo, vives sin temer al nuevo golpe que la jornada te tiene reservado y te vas a dormir en paz.

Ese estado de "hogar" dónde cuando tu niña te pregunta dónde vamos, le puedes responder con tu mejor sonrisa:

- Dónde tú quieras, preciosa.

Porque no hay circunstancias endiabladas, propiciadas por un indeseable, que le obliguen a arrastrarla  a lugares dónde nadie quiere ir.

Isabel Salas





miércoles, 2 de agosto de 2017

EL PORTAZO




















Sonó como un tiro con eco para los vecinos, pero para ella fue el cohete de fiesta que celebraba su libertad. Él se había ido por fin. 
Aleluya.

Isabel Salas










miércoles, 26 de julio de 2017

PENSAEMAS


Me sigue gustando la palabra "pensaema" tanto como el día que la usé en mi primer libro para tratar de ponerle un nombre a mi trabajo y evitar debates. Mi intención siempre fue prevenir las discusiones (adivinadas interminables) que podrían surgir sobre si lo que yo hago es poesía o no, literatura o no, arte o no, bueno o no.

No es que no me guste discutir sobre determinados asuntos (que me gusta), es que no le veo interés a este tema en particular. Como lectora, he tenido y tengo mis preferencias y no las discuto. Cuando decido pasar unas horas leyendo escojo lo que me apetece leer en ese momento, sea poesía o prosa, sea con ganas de estudiar y aprender o simplemente por relajarme un rato y disfrutar. Lo mismo abro mi carpeta de pdf´s pirateados, para leer algo de ken Follet que tomo un libro de papel entre mis manos (sin ninguna parafernalia litúrgica  ni integrista), y leo lo que tengo a mano porque algunos días me da lo mismo leer en portugués que en español y otros no.

Leo sin culpa y sin pedir perdón y tengo mis preferencias personales que con los años han ido cambiando para peor o para mejor según los momentos, mis circunstancias personales, mi ubicación geográfica, la edad de mis hijas, el tiempo disponible, las lecturas que me recomienda el hombre amado y otros muchos factores tan importantes o tan chorrada campestre como los enumerados.

Es inevitable que lo que escribo, a algunas personas les guste mucho y a otras nada, que algunos lloren y se emocionen con mis escritos y otros piensen honestamente que son feos, facilones, llenos de palabras comunes o tengan de literario lo que una gasolinera tiene de templo de la sabiduría, y eso me parece genial. 

De la misma manera que yo escojo leer determinado autor o determinado libro, quiero que otras personas decidan leerme a mí o descartar mis libros como basura cósmica y eso no me causa ningún problema. 

Admiro la capacidad de los animales de hacer lo que deben hacer en el momento justo sin importarles demasiado qué pasa a su alrededor. He aprendido mucho con mis gatos, duermen cuando les entra sueño sin preocuparse ni por el pasado ni por el futuro y menos aún de si están llenando de pelos mi chaqueta negra. Así soy yo cuando escojo pasar una tarde leyendo en el blog de Francisco Alvarez Hidalgo o en las páginas de Pedro César A. Verde, o de Batania (neorrabioso) por nombrar algunos de los lugares donde suelo perderme, y así quiero que se sientan las personas que escogen leerme, bien comprando mis libros o en el blog: como un gato feliz durmiendo tranquilo donde le sale de los cojones, porque está en su casa y se siente a salvo. Si lo que hago se llama poesía, mayonesa o pensaema, es  tan importante como estar dormido encima de la colcha cara o de la camiseta del cole. 

Hace unos días me echaron de un grupo supuestamente literario porque defiendo que puedo hablar de cualquier asunto usando palabras sencillas y allí creen que eso me convierte en una especie de criminal poética que no quiere crecer ni se preocupa con unos determinados parámetros (considerados sagrados por su líder) que deben tener los textos para ser catalogados como poseedores de cierta categoría.

La verdad es que no me interesa. 

Tengo cincuenta años, casi los mismo como lectora y mis propias opiniones sobre lo que es basura o no. De la misma manera que a mí me dan vergüenza ajena algunas cosas que veo publicadas por ahí, entiendo  que a otros les pase lo mismo con lo que publico yo y a todos los que me leen con gusto o con disgusto les digo lo mismo, será poesía o no, literario o no, pero es lo que hago, lo firmo, pongo mi nombre, mi cara y no me escondo detrás de mascaritas ridículas, caretas de comic, ni nombres fantasiosos como hacen otros para publicar textos serios, románticos, de terror o eróticos con miedo que los lea su abuela y les regañe o qué sé yo.

No tengo vergüenza de mis pensaemas, ni de mis cuentos, ni de mis canciones. Algunos al releerlos después de algunos años me provocan la misma sensación que las fotos de cuando tenía  quince años, risa, sorpresa y hasta ternura o espanto, porque las modas cambian, los peinados cambian, la forma de leer o de escribir también y así es la vida. No quemo mis fotos de adolescente ni borro mis escritos de esa época, si me entran ganas de publicarlos lo hago y ya está, si gustan más o menos, está genial.

La palabra pensaema, por la que me preguntaron varias veces en las últimas semanas, me sigue pareciendo tan válida como el primer día y no es una manera de esconderme, avergonzada de que mi trabajo pudiera nunca ser considerado poesía seria o de calidad.

También sigue siendo válido mi deseo de evitar discusiones.

Muchas gracias a los que apoyan lo que hago, les gusta, lo comparten y me cuentan que les hizo sentir como gatitos dormidos en una tarde de paz domestica.

Isabel Salas

domingo, 23 de julio de 2017

TAL VEZ SEA AMOR


El ascensor que sube desde mi vagina hasta el corazón, viene a veces tan lleno de ti, que no puedo distinguir bien si sólo te amo o te amo sin compromiso, sin medida, sin compasión o sin retorno ni salida.

Algunos hablan sobre lo difícil que es medir lo inmensurable o contar los granitos de arena de la playa y las estrellas para escribir poemas sobre el amor que sienten, y lamento decirte que no sé hacerlo, amor. Me importa poco cuantas estrellas hay y la arena del mar nunca me quitó el sueño.

A mí, lo que me sirve para saber cuánto te quiero, es apreciar ese perfume que se produce con el olor mezclado de los sudores nuestros, tu semen, nuestras babas, los chorritos de agua que haces brotar de mí y esos litros de lágrimas y risas que lloramos exhaustos al devorarnos vivos.

Esa mezcla explosiva de sensaciones, sentimientos, ganas de golpear, de reventar, de nadar en tus venas y ser parte de ti es lo que yo diría que vale por toneladas de estrellas mal contadas o miles de millones de arenitas computadas.

Nunca fui buena con los números, las matemáticas dejaron de ser terreno amigo cuando se volvieron raíces cúbicas, derivadas o limites tendiendo a infinito en base diez,  y contar cosas nunca me ha parecido divertido. No cuento besos, orgasmos, ni caricias, pero sí reconozco que algunas veces cuento, ansiosamente, los días o las horas que faltan para empezar de nuevo a perderme en tus brazos, cerrar los ojos y adivinar donde tu mano se posará en la próxima caricia.

No soy muy romántica, ni muy científica, eso es verdad, pero adivino bien.

Isabel Salas

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